Decisión

Un buen día, encontrándome bien, animoso y valiente, decidí ser libre, por un afán de aventura. Y me eché a volar. No me costó mucho, puesto que, efectivamente, era libre. Y decidí emigrar. Volé y volé hasta llegar a la China. Durante el trayecto, cazadores hubo que quisieron abatirme, pero como era libre sus disparos sólo me hacían cosquillas.
Después de un rutinario vuelo de inspección por los alrededores de Chai-Ming, decidí tomar tierra. Entonces, me convertí otra vez en un bípedo andante. Decidí esperar al bus, puesto que me hallaba en las afueras de la ciudad. Y como era libre de esperarlo, lo esperé sentado.
Sin embargo, por lo que sea, apareció una unidad del ejército rojo. Me esposaron y me trasladaron a una cárcel. Dijeron que no llevaba pasaporte, y que esa infracción estaba penada por sus leyes.
Una vez cómodamente instalado en la cárcel, pensé que sólo se trataba de un trámite burocrático. Pero no, algo se traspapeló y pasaron los días (también las noches). Incluso se olvidaron de traerme la comida. El caso es que adelgacé tanto que mi perfil también se traspapeló. Mi destino era morir traspapelado.
Hasta que me cansé de esperar. Volví a decidir ser libre de nuevo. Alcé el vuelo, pasé limpiamente entre las rejas de la celda y volví a mi hogar. Tomé tierra otra vez, y con gran sorpresa mía, allí estaba esperándome mi amor, que me colmó de atenciones y mimos.
Decidí, por último, que nunca más quería ser libre. Deseaba estar dulcemente encadenado.

(Publicado también en Grupo Buho)

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Bella condena. ¿No crees? Ahora no sigas adelgazando, ni tampoco engordes, que la vida de casado suele provocar curvas de la felicidad.

Salud. Fer.