Un día me quedé mirando tu seno dormido. Adiviné en la penumbra un rumor de hojarasca y percibí el paso del tiempo. Lo besé, se estremeció por un instante y me devolvió un leve aleteo de plácido sosiego, de vieja calma. Lo cubrí con mi mano amorosamente, y abriste los ojos. Un brillo de seda cruzó el espacio y me enamoré de nuevo. Aquella lejana pasión que creía dormida volvió a la vida... y un escalofrío caliente me recorrió de arriba abajo, como un latigazo dulce e hiriente. Y te sentí de nuevo, ¡amada mía!
(Publicado también en grupo Buho)
Renacimiento
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)




0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada