En una dulce prisión

Por las mañanas, mi mente te entrego.
Por las tardes, mi íntimo espíritu.
Por las noches, todo mi cuerpo.

Si hace frío, tu calor siento.
Si la soledad me turba, me reconfortas.
Si melancolía, alegría a mi vida aportas.

Cuando te necesito, mano amiga eres.
Si desamor tengo, amor me ofreces.
Si desazón, consuelo y aliento.

¡Mi niña bonita!
Aquella a la que amo,
y con mi pasión reclamo.

¡Átame, porque esclavo soy de tu querer!
Si no te tengo, morir quiero.
Si te alejas, me muero.

Si me dejas,
el mundo es negrura
¡y espanto!

(Publicado también en Grupo Buho)

Fragmento novela (3)

Transitábamos todavía la época álgida de la Guerra Fría, los soviéticos asustaban mucho al gentilhombre americano con sus misiles apuntando al corazón de la primera y democrática potencia, ¡y eso no era ninguna broma! También el “American way of life” estaba en su punto culminante, habían pisado la Luna y demás... aunque eso sí, parecían un poco mosqueados por lo de Vietnam y necesitaban desquitarse, y parece que la oportunidad la vieron en su patio trasero, América para los americanos, ¡qué diantres ni qué cuentos subversivos, de aquí no pasarán! Ya estaba bien que pudieran perder Laos, Camboya y todo el dominó asiático, pero ¿América?... ¿qué se había creído ese Salvador Allende, tendrían que darle alguna amarga pócima para que despertase de su absurdo sueño justiciero?

Hasta aquí, sólo historia reciente, hechos consumados, destino inapelable, hasta que una noche, mientras tomábamos una cerveza helada, después de un duro y caluroso día de trabajo, Luis Alberto se vino abajo, literalmente. Comenzó a llorar entrecortadamente en la penumbra del garito en que nos encontrábamos, y llegué a estar colocado al borde de una inquietante situación. ¿Qué podía haber dicho o hecho?, me preguntaba. No sabía qué le estaba pasando... conversábamos, y no sé qué le dije o le dejé de decir, pero en un momento determinado, para mi entera sorpresa, porque no lo esperaba en absoluto, se derrumbó por completo. Luis Alberto era frágil e idealista, eso se veía a la legua, pero aquella situación no parecía corresponderse con lo poco que sabía de él, era algo anómalo y aparentemente sin motivo.

Luego que se hubo tranquilizado un poco, comenzó a contarme lo que había pasado en Chile con su hermana, tres años mayor que él. Estaba ya claro, para entonces, que quería sacárselo de dentro como fuera. No sé si le había llegado a preguntar por la familia... pero, de repente, se agolparon en su cabeza todos los numerosos fantasmas de su pasado reciente. Con un puño en la garganta, y el corazón traspasado por el dolor de la evocación cercana, me contó que su hermana había sido torturada y violada salvajemente por los cuerpos de represión del nuevo régimen, y me dio algunos detalles, sumamente terribles y desapacibles, y no parecía que exagerara ni un ápice.

Mientras me lo contaba, me di cuenta cómo casi con total seguridad había asociado mi apellido con uno de los instrumentos de tortura que habían aplicado sobre su hermana. Tal vez desde el mismo día que me conoció hiciese esa desgraciada asociación, hasta estallar aquella tarde en puro llanto. Según me relató, sólo cuando los represores estuvieron seguros de que no tenía nada que ver con movimiento subversivo alguno, la soltaron, aunque para entonces ya era tarde para salvar su vida. Murió pocos días después, en un hospital cualquiera de Santiago. El parte médico anotó “fallo cardíaco”.

Fragmento novela (2)

Jugué con la idea del cambio de parejas, a lo que Ana respondió vehemente con un “sí, sí, por favor, sí...”, y Pablo, ya lanzado y desinhibido y olvidado completamente de lo que le esperaba al día siguiente, fue todavía más lejos... y habló del amor libre y loco, de la música, del vino y la bohemia y todas las magníficas alegrías del nuevo mundo. Y, en un momento dado, pletórico y efusivo, propuso a aquellas gatas en celo que por qué no nos hacían un estriptís, para nuestro entero lujo y disfrute, a lo cual Ana replicó inmediatamente, felina y ágil, que por qué no jugábamos a las prendas. Se movió resuelta y expeditivamente antes de que pudiéramos oponernos, sacó unos dados de un cajón, y al fin acordamos que se desprendería de alguna prenda el que sacase la menor tirada en cada tanda, dejando el concepto de “prenda” en el aire, vagamente indeterminado.

Cuando me tocó a mí me deshice de una moneda, y un clamor popular femenino se alzó, díscolo y revoltoso, hasta que me quité uno de los zapatos. Siguió el juego hasta que Ana tenía que despojarse de su blusa, y el caso era que no llevaba sujetador. Se lo pensó dos veces, disminuyó su entusiasmo inicial por el juego y protestó diciendo que nosotros íbamos acorazados frente a ellas, así que tuvimos que ceder y desaparecieron para ponerse más prendas. Regresaron bien pertrechadas y comenzamos el juego de nuevo. Todo fue bien y en progresiva excitación –una de las chicas ya estaba en bragas y sostén, mientras nosotros aún nos manteníamos decentemente presentables – hasta que en mi turno llegué a tener verdadera mala suerte, porque saqué el número más bajo en tres tiradas sucesivas, y a la tercera ya me quedé en pelota picada, al tener que quitarme mi última prenda, la que cubría púdicamente mis vergüenzas.

Reseña

Título: “ME TOCÓ LA CHINA Y ME LARGUÉ CON ELLA”
Registro Prop. Intelectual: B-2317-08
Autor: José Piqueras
Novela. Preliminares y 22 capítulos.

Sergio Picana, alter ego del autor, es un antihéroe típico: nada le sale bien, nada funciona como debiera, sus amores son frustrados, sus anhelos aniquilados, no tiene metas y está confuso y perdido.

La trayectoria vital del protagonista está enmarcada en un contexto sociohistórico muy concreto: la última fase de la dictadura franquista y la primera transición. La vida cotidiana y la evolución política y social se van encadenando en varios cuadros, casi autónomos, ligados cronológicamente y cuyo nexo de unión sería la figura principal que actúa como contrapeso escéptico a una época de cambios fulgurantes.

Novela satírica y de reflexión a partes iguales, en donde caben armónicamente lo social y lo político, lo íntimo y lo banal, la vida corriente o la anécdota social, el sexo y el poder, la vida anodina y la pasión desatada, el trabajo y la diversión.

El sentido del humor del protagonista, así como su capacidad innata para salvar situaciones comprometidas y adaptarse al medio, incluso en la propia aceptación de la desgracia, propia o ajena, hacen de él un tipo marginal, pero empático, que consigue reconducir su vida a través de la expresión escrita, mucho antes incluso de llegar a publicar nada. Y siempre utilizará está vía para ir desgranando acontecimientos y vivencias diversas, sacadas de su propia peripecia vital.

10 de Abril: kilómetro cero

Después de muchos meses, puedo dar por finalizada la novela que tanto me ha costado. Vamos a ver si se edita y cómo se edita. Iré contando los pasos, las negativas, los rechazos, como un improvisado "diario de edición".

El viernes, 11 de Abril la registré en Barcelona, con el título "Me tocó la china y me largué con ella", con unos Preliminares y 22 capítulos. En esencia, se trata de retazos de mi propia vida, protagonizados por un alter ego llamado Sergio Picana, cuyo nexo de unión sería la propia trayectoria vital del sujeto, enmarcada en un contexto sociohistórico determinado y concreto: la última fase de la dictadura franquista y la primera transición.

La vida cotidiana y la evolución política y social se van encadenando en varios cuadros, ligados cronológicamente y unidos por la figura del antihéroe que figura como contrapeso escéptico a una época de cambios fulgurantes.

Fragmento novela (1)

A veces salía los domingos, con los otros chicos de Logos, y procuraba que terminásemos en el cine, lo que conseguía de tanto en tanto. En la mayoría de ocasiones, sin embargo, nos íbamos con el tren por la costa buscando una sala de baile. Y cuando entrábamos en ella, la mitad del tiempo se hablaba de política, y sólo algún lanzado se atrevía a pedirle a alguna chica para bailar, lo cual además era muy raro, porque ya había llegado aquí, apremiante, la moda de los bailes libres, sobre todo entre los jóvenes. Los veteranos eran otra cosa, ellos tenían sus propios garitos de bailes lentos y bien agarrados.

Pues bien, cuando uno de los amiguetes se lanzaba al ruedo de luz y fuego, en busca de una mocita que le mirase con buenos ojos, los demás mirábamos al apestado y nos congratulábamos de lo conscientes que éramos, ya que no perdíamos el tiempo con el otro sexo. Sin embargo, a decir verdad, las observábamos continuamente de reojo, desde el primer cabello de sus melenas rubias o morenas, lacias o rizadas, hasta los lindos zapatitos, pasando detenidamente, claro está, por el resto de su fabulosa anatomía. Y era tan bonito si ellas, a su vez, te lanzaban una mirada furtiva y cómplice, era tan delicado y perturbador, además de poético, que es difícil describirlo con vanas y estériles palabras. Lo inefable difícilmente es reproducible, en cualquier formato.

Bueno, la verdad es que cada uno ligaba lo que podía y cuando podía, yo generalmente me escabullía de un lado para otro, por cualquier rincón, porque el solo roce con una de aquellas ninfas me ponía nervioso, atolondrado, me avergonzaba hasta del día de mi nacimiento, y me arrepentía de haber venido a este mundo. Y menos mal que ellas nunca te dirigían la palabra, eso era extremadamente raro. Otros tiempos eran, sin duda.

Sólo me resta decir, para completar este pequeño cuadro, que el grupo de futuros líderes de la revolución se disolvió pronto. Algunos, desengañados de la política, se unieron con entusiasmo fanático al descubrimiento de la revolución pendiente de la mujer y del amor libre. Aquí, en este punto, me hubiera ubicado bien, pero mi timidez invencible y mis ínfulas científicas lo impidieron, lastrando por completo mi destino como donjuán calavera. Así que doné mi alma, sin el menor convencimiento, al futuro de la ciencia y de la investigación altruista.

Otros, más conscientes, sin duda, o más valientes, terminaron por sumarse a células políticas activas, incluso uno de ellos terminó en un grupo armado... pero de eso sólo me enteré al cabo de unos años. Curiosamente, era el más enclenque de todos, y hasta resultó gracioso, en su momento.Por último, Miguel, mi amigo, vecino y confidente, terminó por decirme, ya harto de mis dudas, que yo era un reaccionario genuino, y que él prefería la fábrica a la universidad, para poder luchar en primera línea de fuego. Así lo hizo, dejó los estudios y siguió conspirando. Al cabo de un tiempo, le perdí la pista por completo. Se mudó de casa, aunque muchos años después me lo encontré, saliendo de una estación. Iba a su lado una mujer con un carrito, y él llevaba un niño en sus brazos. Me pareció percibir cierta resignación en su rostro. Como no me había visto, no quise decirle nada. Nunca más volví a verle.