La espiritualidad, despojada de todo signo, creencia, fe, ritual o admonición, es nuestra dimensión atemporal, filtrada por el vivir cotidiano y adaptada a un mundo cambiante y vertiginosa y rudamente materialista.
Los seres humanos de hoy -en su inmensa mayoría- han perdido de vista su lado incorpóreo, y se han quedado en exclusiva con lo banal, ya sea el último modelo de moto, la casa en la playa o las fotografías de los viajes.
Sólo cuando el individuo, como ser consciente y en alerta continua, ha llegado a mirar a la muerte cara a cara (en definitiva, a la nada) y ha percibido claramente la idiosincrasia y la idiocia de lo real, y lo ha rechazado... sólo entonces podemos asegurar que ha ganado el pulso a su ser material, para adentrarse en las profundidades de lo mistérico y divino.
Ser consciente, al fin y al cabo, es simplemente darse cuenta de algo, por pequeño que sea... quizás la vacuidad de lo superfluo, el estancamiento de las aguas antaño bravas o el chapoteo inconsciente en el mar de la avaricia. Cuando el ser humano se despoja de cualquier signo de materialidad, entra en el territorio de lo fértil, de lo espiritual... y crece.
Buen viaje, amigos.
(Dedicado a Luna Roja y publicado también en grupo Buho)
La espiritualidad
sábado 28 de marzo de 2009
El autor y el lector.
Muchos creen que la literatura es un arte. Y que ese arte es juzgado por los llamados "expertos". Y que hay "cosas" que son literatura y otras que no lo son. Y por tanto... que habrá obras de arte magistrales o excelentes y otras sin valor alguno. Y que esta valoración irá cambiando con el tiempo y con el criterio de los expertos, que nunca será definitivo. Es la forma "académica" de tratar este asunto.
Yo prefiero verlo de una manera por completo diferente. Para mí, hay un ser vivo, el autor, que necesita escribir algo en un momento dado. Y hay otro ser vivo, el lector, que necesita leer algo,en otro momento. Y cuando se produce el encuentro mágico entre un autor y un lector concreto, salta una chispa y se incendia el universo entero. Es como un nuevo milagro de la vida, tal mismo como una divina concepción.
Esos encuentros mágicos son extraordinariamente difíciles y cuando se produce uno de ellos un escalofrío de comunicación recorre el mundo, es como si el lector fuese literalmente devorado por el texto, que se ha convertido de repente en una mediación. Es como una comunión del mundo con el mundo, en el que las máscaras caen y de repente no hay ninguna urgencia, puesto que todo es armónico.
¿El precio? Tal vez dejarse "penetrar" por los misterios. En el fondo es un acto de amor.
(Publicado también en Grupo Buho)
jueves 12 de marzo de 2009
El amor
Libertarse de uno mismo es la mayor aspiración a la que el ser humano puede acceder.
¡Y sólo puede hacerlo amando!
También es el máximo sacrificio, así como el acto de mayor generosidad que cabe imaginar.
El que no está contento con su vida, suele hacerlo desde la óptica del "sí propio". Espera recibir, incluso en ocasiones cree que entrega mucho más de lo que recibe.
Pero amar no consiste en esperar la limosna de la correspondencia, sino entregarse sin condiciones.
Sólo escapando de la propia cárcel es posible la libertad plena.
En tiempos de individualismo feroz, sé que éste no es el discurso más apreciado, incluso es el llamado a fracasar estrepitosamente. Pero es el que se me ocurre hoy, jejeje... ustedes perdonen.
(Publicado también en Grupo Buho)
La ardiente espera
Baila para mí una bella canción de amor, mujer, despeja mis dudas y entrégame el tesoro de tu risa y el diamante de tu cuerpo, para que yo lo talle, con fiel y entregada dedicación, como un escultor de emociones puras, y déjame que cabalgue contigo a la busca sosegada de un refugio seguro, adonde poder dirigirte la súplica de tu mirar anhelante, donde poder sufrir el vértigo de tu escapar transeúnte.
Baila para mí por un día, amorosa mujer de cálidas aguas y calientes gemas...
(Publicado también en Grubo Buho)



