En la vieja ensenada, la marinería atronaba la fragancia de la noche con sus canciones nostálgicas, a veces desoladas. Me llevé a la boca el corazón de la pulpa, el meyolote más tierno, mientras el metrónomo marcaba el compás a la metrópoli y el oro negro competía con el oro puro e incluso con el blanco. Me apuré y dejé en prenda un retrato de un antepasado, enmarcado en plata.
Soy un retozón... lo sé, pero no había lugar para las dudas en ese preciso instante, mi simiente no se perdería, soy muy taxativo en ello, escrupuloso incluso, y como un taumaturgo omnisciente preparo minuciosamente mi urdimbre tejida de sueño tautológico. Y aunque los úrsidos son hermanos copiosos e incluso alegres, no conviene fiarse, ni hacer oídos sordos.
Mi ofrenda es mi prebenda, mi canonjía, mi sinecura, al margen de prebostes sempiternos. Y si bien soy un precario lejos de mí convertirme en un sicario, por prudencia manifiesta que simula cobardía. Pero si no me doy al senado lisonjero, tampoco al populacho, si bien en ese oscuro tira y afloja soy más bien ligero de cascos.
Ya sé por qué el trigo candeal reluce al alba, aunque a nadie le importe, pero el conocimento suspenso tienta al semitono. ¿Se ha entendido? De lo contrario... ¡tirad al pianista, tirad, viejos coyotes incendiarios de la noche!
Publicado también en Grupo Buho.
Conjunto de palabras
lunes 27 de abril de 2009
Horacio Sinecura, amigo y poeta
In Memoriam(1968-2010)
De Horacio no puedo hablar como de un poeta más, porque llegó a ser mi amigo, en el curso de aquellas noches locas de los ochenta. ¿Cuántas horas sin dormir, cuántas críticas injustas!
Pero todo el esfuerzo valió la pena. Horacio se hizo poeta porque no servía para nada más, ahogado su instinto vital por su instinto estético. Procedía de una familia bereber, pero eso no le importaba mucho o nada, al parecer.
Comenzó por la desconstrucción del YO, después de innumerables caladas al alba, mientras las primeras luces despuntaban hiriéndole en lo más ignoto del alma.
Entonces, y sólo entonces, se interesó por la tarea de recoger los pedacitos. A fe mía que puso el alma y algo más. Cada pedacito era un poema, y según mis cálculos... ¡había miles de pedacitos!
Después de cada noche febril, me mostraba el resultado. Yo sólo veía palabras y frases absurdas, pero el titánico esfuerzo no era realizado en vano, no señor.
-Cada poema -me decía- representa una porción de mi alma en proceso de reconstrucción.
Pero después de doscientos poemas o así, le veía igual de desorientado, si cabe. Le dio por beber... y los poemas se volvieron más caóticos, aunque curiosamente Horacio los sentía con más profundidad y misterio.
Me comunicó solemnemente que después de mil poemas más aprox estaría en situación de volver a vivir nuevamente. De todos modos, los médicos no le dan vida más allá de 2010, su hígado anda algo jodido (según me comunicó su hermana, yo ya no me atrevo a verlo, de tan demacrado que está)
Pero él no escucha nada: para Horacio, después de su épica, el mundo habrá reinventado la lírica (sic) No puedo reproducir ningún poema porque destruyó toda su obra anterior, y los poemas actuales no se los deja ver a nadie, ni siquiera a mí. Los ingresa directamente (no conozco el sistema) en una caja fuerte en Pensylvania.
Publicado también en Grupo Buho.
jueves 16 de abril de 2009



